La lechuga gigante, oh sí – Cuentos de cuarentena – 9 de abril 2020

Esta es una historia rara, pero que partió en un sitio normal.

El papá de Juan tenía una verdulería en la comuna de Providencia. Allí vendía todo tipo de frutas y verduras a los vecinos. Rojas manzanas, verdes lechugas, duraznos peludos y también pelados, como el papá de Juan.

La mamá de Juan también atendía el negocio familiar, mientras que él iba al colegio a aprender lo necesario para, algún día, hacerse cargo de la tienda.

Era una familia feliz, con muchos amigos en el barrio. Don Luis, el botillero, don Eleuterio (qué nombre más raro ¿no?), que reparaba ropa, y don Julián, el zapatero. Era una cuadra muy a la antigua, porque no había ni supermercados ni malls cerca. Y Juan iba caminando a su colegio, que estaba cerca, por lo que tenía mucho tiempo para hacer sus tareas o para jugar a la pelota con sus vecinos, Pedro y Antón.

Era una vida sencilla y feliz.

Hasta que apareció eso.

Un día cualquiera Juan se despertó para ir al colegio, pero cuando sonó su despertador la casa seguía a oscuras.

-Qué raro, se dijo Juan, y fue a abrir las cortinas de su pieza.

Afuera parecía de noche, pero no absolutamente de noche. Era una oscuridad distinta, como de sombra gris y no de falta de sol.

Pero lo más extraño es que Juan, que estaba en un segundo piso, vio que más allá, lejos, hacia el horizonte, sí estaba iluminado.

-Esto es más raro aún, se dijo, mientras bajaba a despertar a sus padres.

Medio dormidos, medio despiertos, ambos se pusieron unas batas sobre los pijamas mientras Juan los arrastraba hasta el patio de la casa.

Una vez allí, los tres miraron hacia el cielo, donde una gigantesca cosa flotaba sobre ellos, tapando la luz de la mañana.

-¿Será un platillo volador? preguntó Juan.

-No creo, respondió su padre, porque no es redondo.

-¿Serán extraterrestres? preguntó Juan.

-A lo mejor, respondió su madre, porque si esto fuera la publicidad de una multitienda, ya lo sabríamos. Y nadie en la Tierra gastaría tanta plata como para poner una cosa gigante, así, flotando sobre nosotros por nada.

-¿Vamos a ver en la tele si dicen algo? Sugirió el pequeño.

Y eso hicieron.

Apenas prendieron el aparato, apareció la imagen más extraña imaginable. Sobre parte de la ciudad de Santiago flotaba una gigantesca, enorme y colosal lechuga.

-Por eso no se veía redonda, porque no es una lechuga escarola, explicó el papá de Juan. Es más alargada, como una lechuga costina. Y qué grande es. ¿Dónde la habrán cultivado?

-Seguramente en otro planeta.

-Y ¿de qué tamaño será el que la cosechó?

Brrrrr.

Qué pregunta más inquietante, ¿o no?

Fue entonces que en la televisión apareció el general general, jefe supremo de las fuerzas armadas, comentando a una periodista:

-Hasta el momento no hemos recibido ningún mensaje de este objeto volador no identificado. Ya tenemos a nuestros equipos de comunicación enviando distintos textos, en diversos idiomas, preguntándole cuál es la intención de su visita.

-Pero general ¿cuál es el idioma para comunicarse con una lechuga?

-No soy vegetariano y no estoy capacitado para responder a esa pregunta, señorita.

-Bueno, igual la gente cree que si le habla a las plantas, estas crecen mejor y dan más lindas flores.

-¿Está sugiriendo que nuestra estrategia le dará más fuerza a esa verdura invasora?

-No general. Yo comentaba no más.

-Guárdese sus comentarios, por favor, porque estamos en una situación de urgencia y no queremos que desemboque en el caos. Por lo mismo, le sugerimos a los habitantes que están bajo el objeto volador que ojalá se trasladen a otras zonas. Repito: no es seguro estar a la sombra de la lechuga.

-Y ¿eso no es llamar al caos?

En menos de diez segundos, obviamente que en la casa de Juan se generó el caos inmediato. Era que no.

-Hagamos maletas con ropa como para una semana. A lo mejor para entonces la lechuga se ha podrido. Pero, ¿y si se pudre y comienza a caerse a pedazos? A lo mejor es mejor hacer una maleta como para un mes.

Los papás de Juan se movían como si fueran monitos animados. Sacaban plata de unos lugares secretos mientras llamaban a algunos parientes, para que les dieran alojamiento. En menos de una hora tenían el auto cargado como para irse a la playa durante dos meses.

Pero su destino estaba más cerca. Iban a refugiarse donde los primos de Juan, a la carnicería de su tío Sebastián.

-Te imaginas si pudieras vender lechugas de ese tamaño, fue el primer comentario de Sebastián al ver a los recién llegados.

-Claro, haz bromas no más, porque tu casa y tu negocio están a salvo, respondió el papá de Juan.

-Ya, perdón, pero tú eres verdulero. Y ver una costina así, sanita y brillante, con cero hojas aporreadas o cafés, debe ser como la aparición de un ángel. O de un dios verdurístico.

-Bueno, sí. Es una visión maravillosa, si es que tu casa no está debajo de ella.

-Ya, ok. No más comentarios verdes. Ahí atrás les desocupé una pieza para que se ubiquen.

-Gracias, y perdón por el mal humor. Es que esto es muy raro.

En el comedor estaba prendida la tele, era que no, donde cada canal tenía a distintos expertos opinando sobre este fenómeno. En un matinal estaba un experto en ovnis, otro en conspiraciones y uno en fenómenos paranormales. En el otro tenían a tres políticos de distintos partidos. Y en otro, a tres chefs.

En el primero opinaban que si este iba a ser el fin del mundo, era el más ridículo imaginable.

En el segundo cada político decía que esto era culpa del otro gobierno.

Y en el tercero ya estaban recomendando recetas para hacer con lechuga.

Hasta que –de improviso- todo se detuvo, para dar paso a una cadena nacional televisiva con la presidenta de la nación.

-Estimados conciudadanos, esta mañana hemos sido sorprendidos por un hecho inusual: sobre parte de nuestra capital flota una lechuga gigante. Hasta este momento, no conocemos sus intenciones, pero todo el personal de la Moneda y de las fuerzas armadas, junto a grupos de selectos especialistas, se encuentran trabajando en la búsqueda de una explicación. Mientras tanto, sugerimos a quienes vivan bajo este objeto no identificado que se desplacen a zonas más seguras. Para facilitar este cambio en sus rutinas, se ha declarado feriado indefinido hasta tener una mayor claridad sobre lo que ocurre. Eso sí, y por sugerencia de nuestros expertos, una señal de amistad hacia estos visitantes sería la de no comer vegetales hasta nuevo aviso. Repito: le pido a ustedes, habitantes de Santiago, que se abstengan de comer todo tipo de verduras, especialmente lechugas. He dicho.

-Me iré a la quiebra, suspiró el papá de Juan.

-Pero si igual no puedes vender nada, hasta que esa lechuga desaparezca, papá.

-Es cierto, pero ¿si nunca se va?
-Habrá que comer pura carne, jaja, comentó feliz el tío Sebastián.

Esa misma tarde el cielo de Santiago estaba lleno de humo. Pese a que casi nadie usó su auto, por el feriado, prácticamente todo el mundo se puso a hacer asados. Con cero ensaladas.

Los clientes que entraban a la carnicería de Sebastián, al poco rato, sólo preguntaban “¿qué le queda?”. Se vendieron hasta los huesos, quién sabe para qué, pero nadie quería irse con las manos vacías.

La lechuga seguía ahí, inmóvil, mientras Internet se llenaba de selfies de chilenos con ella de fondo.

Era un fenómeno mundial.

En algunos noticiarios europeos calculaban cuántas personas de un país africano podrían comérsela.

En Internet los grupos de vegetarianos creían que era una señal que los apoyaba (aunque en Chile todos estaban comiendo carne como contratados).

En los programas de cosas raras opinaban que los tripulantes de esa nave eran gusanos gigantes come-humanos. No sabían porqué, pero les sonaba muy terrorífico y eso subía el rating.

Todo el mundo estaba pegado a Internet y a la televisión, menos Juan. Parado en la mitad del patio veía cómo ese día extraño llegaba a su fin, con esa tremenda mole vegetal oscureciendo el cielo mientras el aire olía a carne asada.

-¿En qué piensas, hijo? Le preguntó su madre.

-En qué irá a pasar en los días que vienen. Ya extraño a nuestra casa, el negocio y a los amigos del barrio. Además que esto es muy absurdo y no sé qué pensar.

-En verdad que es muy, pero muy absurdo. Pero bueno, habrá que juntar paciencia hasta que sepamos la verdad sobre esa lechuga.

-Es cierto. Y ¿qué hay para comer?

-Adivina.

-Creo que de todo, esa es la parte que más me disgusta.

Al día siguiente se respiraba el mismo aire que el del anterior. No faltó el guatón parrillero que se aprovechó de la situación para cumplir su mayor deseo: desayunar asado.

Cuando llegó a su carnicería, Sebastián se encontró con una fila de personas esperando afuera del local cerrado. Les tuvo que repartir unos números escritos en papelitos, para que volvieran al mediodía, cuando llegaba un nuevo cargamento de vaca y chancho.

Los matinales seguían llevando a especialistas de todos tipos y algo llamó la atención de Juan. Cada vez salían más comerciales de yogurts para ayudar al tránsito lento y avisos de laxantes.

De hecho, ya sentía su estómago algo pesado y extrañaba las grandes ensaladas que se comían en su casa.

En uno de los noticiarios apareció el ministro del interior pidiendo que, por favor, las madres no le dieran a escondidas colados de vegetales a sus guaguas. “No sabemos qué poder telepático pueda tener la lechuga gigante y, por lo mismo, su osada actitud puede ser calificada hasta de antipatriótica”.

El segundo día fue muy parecido al primero, pero con más memes en Internet referidos al tema:

-Vieron, los marcianos eran realmente verdes.

-Este SI es un recordatorio de la dieta.

-Primero la ensalada, luego el platillo volador.

Antes de las cinco la carnicería estaba nuevamente vacía de productos y el humo ya nublaba el ambiente.

Juan se comunicaba con sus amigos Pedro y Antón, que también se habían trasladado a casa de parientes, para comentar lo que ocurría.

JUAN: Estoy chato de comer carne.

PEDRO: Yo todavía no. Me encantan los choripanes.

ANTÓN: Yo igual aguanto, pero mi hermana vegetariana ya está aburrida de comer puros tallarines.

JUAN: Pobre ella, porque era flaquita.

ANTÓN: Es, todavía. Pero nadie sabe hasta cuándo tendremos a la lechuga encima.

PEDRO: ¿Se irá a podrir?

Bueno, para responder a la duda de Pedro, la lechuga se veía igual, fresca como una lechuga. Pasaron tres días, cuatro, cinco, hasta llegar a la semana, y allí estaba, igual que al comienzo de esta historia.

Ya a estas alturas había gente que se disfrazaba de lechuga y que armaba grandes grupos para ir a pedirle perdón por sus pecados, cualquiera que hubieran sido.

Los índices de contaminación y de smog habían subido a niveles estratosféricos y el carbón ya se transaba en el mercado negro.

Carne seguía habiendo, porque la traían del norte y del sur. Y las cadenas de hamburguesas no podían estar más felices, porque ahora la gente comía esos sándwiches asquerosos con tres y hasta cuatro hamburguesas juntas, y con tocino además. Los gerentes se reían con ganas, porque las lechugas, tomates y cebollas eran mucho más caras que la carne y esta invasión vegetal les había hecho ganar mucho dinero.

El problema es que la gente estaba cada vez de peor humor. Les dolía la guata y no podían ir al baño. Para qué decir las guaguas. Es que la dieta sin vegetales no hace nada de bien.

Si hasta la presidenta se veía de mal genio.

Porque había pasado una semana y nada parecía cambiar. Hasta que…
Esa mañana sonó el despertador de Juan. No podía evitar ponerlo, porque así era su rutina, la de un niño ordenado y responsable. Se estiró y fue a hacerse el desayuno. Estaba tomando su leche cuando se acercó a la tele y la prendió.

“La lechuga ha desaparecido, informamos, la lechuga gigante ya no flota sobre Providencia, pero…”
Entonces se vio la imagen del vegetal gigante oculto tras el cerro San Cristóbal.

“No sabemos aún que pasa, adelante estudio”.

-¡Mamá, papá! La lechuga se movió, vengan a ver.

Todos en la casa, Sebastián incluido, se pegaron a la tele.

“Estamos transmitiendo en directo para todo el país y les podemos comentar que hace unos minutos la lechuga gigante se desplazó para, al parecer, esconderse. Aún no tenemos más informaciones”.

-Salgamos al patio a mirar, dijo Juan.

-¿Y si es peligroso? opinó su papá.

-Hasta ahora no ha pasado nada malo, vamos. No puede pasar nada más extraño que lo que hemos vivido hasta ahora.

Y cuando cruzaron la puerta, fueron testigos de algo más extraño aún.

Descendiendo desde lo alto, venía volando a toda velocidad un bistec gigantesco.

-Es mi dios, comentó el tío Sebastián, ahora puedo morir en paz.

La escena que siguió a continuación fue como película de Godzilla. No sólo por ver la pelea de dos bichos gigantes sobre una ciudad, sino por la de ser testigos de la contienda entre dos bichos absurdos. Porque no hay que olvidar que uno de los peores enemigos del lagarto japonés fue… una polilla inmensa llamada Mothra. Entonces, ¿qué hay de extraño en una mocha entre un bistec y una lechuga?

Apenas el bistec le pegó un gualetazo a la lechuga, las apuestas comenzaron en Internet.

El vegetal retrocedió, tomó impulso, y golpeó al pedazo de carne en el centro.

El bistec tambaleó, se sacudió y volvió al ataque, abrazando a la lechuga.

Ella se sacó al pedazo de carne de encima, para tomar altura y descender con un golpe directo que lanzó a su enemigo hasta Ñuñoa.

Juan y su familia eran testigos de esta situación entre fantástica e imbécil, rogando por no ser aplastados –ni ellos ni su casa- en medio de esta violenta coreografía de alimentos gigantes.

Los minutos pasaron, hasta que el bistec le propinó una gigantesca cachetada a la lechuga, lanzándola lejos, hasta Lampa. Ella se levantó del suelo, se sacudió el polvo y, por lo que se vio gracias a los súper lentes de los canales de televisión, como que se la pensó un poco y luego se elevó hacia los cielos hasta desaparecer.

Desde todas las casas de Santiago comenzaron a escucharse aplausos. Por fin se había ido esa visita indeseada.

Pero el aplauso duró poco. A los pocos minutos el bistec se ubicó sobre Providencia, flotando al igual que su enemiga.

-Creo que mis ventas se acaban de ir al carajo, fue el comentario del tío de Juan.

Fue extraña la felicidad que invadió a los habitantes de Santiago ese día. No por la llegada del bistec justiciero, sino por el cambio forzado de dieta.

Todos, hasta los guatones más parrilleros, querían comer ensalada y fruta. Ya estaban hartos de la carne. Querían tomates y pepinos, cebolla pluma y lechuga, repollo y hasta brócoli. La guata les pedía una tregua urgente y las mandíbulas, cansadas de masticar, querían un poco de reposo.

Y aunque su tío Sebastián había perdido la pega por ahora, Juan estaba feliz por el cambio en el humor de las personas.

En verdad: la frescura de los vegetales se contagiaba entre quienes habían comido ya demasiada carne.

La presidenta, en un nuevo discurso, obviamente, recomendó que todos se mostraran muy amigables con el nuevo invasor. Aunque, en este caso, hubo un factor que aceleró algunos cambios en la postura del gobierno.

Mientras la lechuga se mantuvo fresca todo el tiempo, el bistec ya desprendía un olor algo desagradable a la mañana siguiente.

¿Han visto a la carne que envejece y se pone opaca y oscura y de un color rojo intenso?
Eso le ocurría al salvador de Santiago. No olviden que la carne de un animal muerto es cadáver, por lo que sin refrigerador y al sol, sólo tiende a descomponerse.

-Esto es más absurdo aún, comentó Juan a sus padres.

-Cierto, pero, ¿qué podemos hacer?
-Esperar. Quién sabe. A lo mejor mañana llega una sandía a cambiar las cosas.

Pero la sandía no llegó. A la mañana siguiente el bistec recibió el ataque masivo de aviones con rockets incendiarios. Desde tierra también se le disparó sin piedad. En menos de una hora ya estaba cocido y listo para servirse.

Además era el mes de septiembre, por lo que el gigantesco aroma a asado venía perfecto.

Por suerte se mantuvo flotando porque, de haber caído, la destrucción habría sido muy grande.

Ese mismo día los dueños de helicópteros y avionetas comenzaron a ofrecer vuelos para hacer picnics encima del bistec.

Poco después, algunos emprendedores compraron globos aerostáticos para llevar a los turistas carnívoros.

Pero no hay que olvidar que un bistec cocido, estando al aire libre, tampoco es eterno. Fue entonces que la presidenta habló nuevamente a la nación:

-Estimados conciudadanos, tenemos una misión frente a nosotros: debemos comernos el bistec antes de que se eche a perder. Por eso mismo, el gobierno pondrá aviones a disposición de todo aquel que quiera ir a hacer patria haciéndose eco de esta petición. No hay que olvidar, tampoco, que estamos en las fiestas patrias, por lo que espero que todos nos sumemos a esta celebración. Y repito: esta es una misión de Estado y un deber cívico. Si eliminamos el bistec en dos días, les daré una semana más de feriado. He dicho.

Hasta el día de hoy Juan se acuerda de toda esta historia. De cómo una lechuga y luego un bistec aparecieron como invasores de Santiago.

Hasta el día de hoy piensa que la gente supo cómo funcionar en grupo para salvarse.

Y, también, hasta el día de hoy está esperando que alguna cosa extraña vuelva a aparecer sobre su casa.

Ojalá no sea una vaca, piensa, porque le gusta mucho tomar leche.

Y sobre la sandía, aún no tiene una opinión.

FIN