La princesa Uniceja – Cuentos de cuarentena – 8 de abril 2020

En un reino muy lejano, más allá del cerro y a la vuelta de la loma, vivía la princesa Antonia Uniceja. Ella era la heredera de un imperio de nobles cejones (aunque su mamá igual se las sacaba con unas pinzas de titanio. Y su papá tenía menos, porque se estaba quedando pelado, y los pelos de la unión de las cejas también se le cayeron, jaja). Hay que decir que Antonia era una niña muy feliz, algo flacuchenta (le faltaban un par de cazuelas) y con los dientes un poquito separados (pero eso no la achacaba, porque la ayudaba a silbar mejor), que era buena para reírse y para comer pizza.

El problema era cuando se enojaba.

Ay, qué susto.

Porque cuando la princesa se ponía de mal humor, sus cejas, o más bien SU ceja, iba descendiendo como si fuera una gaviota del infierno. Lentamente, y al mismo tiempo, su boca se ponía como una letra U al revés. Y sus ojos, que eran claritos y principescos, se iban achinando hasta casi desaparecer.

Cuando Antonia se enojaba, las hojas de los árboles se secaban y se caían, los ríos se secaban, las vacas dejaban de dar leche, los chanchos adelgazaban y a las gallinas no les salía ni un huevo (ni siquiera más chiquititos, nada de nada). Las uvas se convertían en unas pasas tan secas que no servían ni como pasas, los gusanos arrancaban de las manzanas porque se ponían amargas y los osos alargaban sus hibernaciones para no salir. Las ovejas se quedaban peladas y lo único bueno es que las tortugas, para arrancar, andaban más rápido que nunca (a quinientos centímetros por hora, lo que es una brutalidad de rapidez. Si hasta les podrían sacar un parte. Pero tendría que hacerlo una tortuga policía, que tampoco podría alcanzarla. En fin).

Por eso la felicidad de esta niña era tan importante para el reino. Si hasta tenían un Ministerio de la alegría, con puros bufones y payasos que se reunían a inventar chistes nuevos, para que Antonia nunca, pero nunca se enojara.

El problema fue cuando se hizo adulta.

Por eso ahora hay un puro desierto donde estuvo su reino.

Hasta los cactus se secaron.

Niños y niñas, por eso es mejor que nunca crezcan, ¿ok?

O, si tienen una uniceja, depílense un poquito en la mitad si tienen muy mal genio. Gracias.

FIN

POSTDATA: Como el final de este cuento es un poquito amargo, aunque es verdad (porque los adultos son unos enojones y unos lateros a veces… casi siempre… vean ustedes), pueden pensar en otro. Por ejemplo:

-Que se compró unos anteojos gigantes y ya no se le vio la ceja.

-Que su mami, la reina, la peinó con una tremenda chasquilla tipo hoja de palmera ochentera, y ya no se le vio la ceja.

-Que se volvió punk y se depiló toda la ceja.

FIN (DE NUEVO)