El día en que María Kondo fue a un colegio – Cuentos de cuarentena – 23 de abril 2020

Sabrán ustedes que con esto del coronavirus muchos influencers -o sea, gente que se graba abriendo paquetes o viajando gratis y comiendo insectos fritos- se han quedado sin pega (aparte de miles de otras personas más, ojo, que esto tampoco es pura chacota). El tema es que como estos famosos necesitan plata, están bajando sus precios. Y esto lo supo el director de un colegio semi municipal o seudo privado o no sé cómo es esta cuestión, pero que tenía algo de plata para la visita de unos escritores infantiles y se dijo: “¿Y si mejor traemos a la japonesa que ordena, esa, la María Kondo, ah?”

Es que el director no leía nada. O sea, si uno le decía “director, lo esencial es invisible para los ojos”, no tenía idea de qué era eso (es de El Principito, dignorhantes, y hasta lo venden en unos papiros todos aceitosos en las ferias artesanales). El director, si escuchaba eso, iba a ponerse los lentes para ver lo esencial. O para ver la tele, donde había un reality con María Kondo, que ordenaba TODO con su cara llena de risa y sus ojitos semicerrados de felicidad. Y por eso mismo la quería en su colegio. La llamó y unos pocos días después, la doña estaba en el colegio.

Cuando entró a las salas, con los alumnos cubiertos con sus mascarillas, lo primero que les dijo era que tenían que deshacerse de todo aquello que no los hiciera felices.

-¿Las tareas?- dijo uno.

-¿El profe de gimnasia?- dijo otro

“Esto va a ser más difícil de lo que pensé” se dijo la más ordenadora del mundo mundial, mientras le crujían los dientes de rabia (porque igual le iban a pagar bien poco).

Pero como María Kondo es una profesional, logró que todos ordenaran, eliminaran gérmenes y se deshicieran de sus cosas inútiles, como los chicles ya sin gusto y sus colecciones de mocos secos pegados debajo del banco.

María Kondo igual ya estaba chata y se estaba yendo rápidamente hacia la salida, pero el director la paró en seco. “Espere miss, le falta la biblioteca”.

Grrrrrr.

La sayaiyin del orden se dio la vuelta y entró a la biblioteca. Allí se encontró con la bibliotecaria, a quien le sonrió y le hizo una reverencia antes de decirle: “Honorable bibliotecaria, ¿sabe usted que con 30 libros basta y que lo demás es un exceso?”.

La bibliotecaria puso su famosa cara de póker (como de jugadora de póker, que es algo que hacen las bibliotecarias cuando les piden libros idiotas, como de recetas de cocina con marihuana, que en los colegios no hay, chistositos). Hizo una reverencia y le dijo a doña María que le haría caso, pero que ahora estaba en su hora de colación.

María Kondo se dijo “esta es la mía”, hizo una reverencia, le agradeció que le fuera a hacer caso y justo se iba yendo, cuando vio una pelota de futbol en la mitad del patio. Como eso le produjo un dolor profundo en su ordenada alma, se fue directo a recoger la pelota. Pero como iba con la concentración de un piloto kamikaze, no se dio cuenta de la aplanadora que se dirigía hacia ella.

Como estaban haciendo unos arreglos en el colegio, le fue fácil a la bibliotecaria aprovechar que había una justo a su disposición.

Entonces, después de dejar planita a María Kondo, la agarró, la dobló e hizo un origami de grulla.

Le quedó bien bonito.

Entonces fue que lo miró fijamente y se preguntó “¿Me hace feliz esta cuestión?”.

No.

Entonces se sonó los mocos con María Kondo y se devolvió caminando lentamente hacia su biblioteca con 20.460 libros y 98 Condoritos también.

FIN