La cazuela de mi abuela – Cuentos de cuarentena – 07 de mayo 2020

Mi abuela está súper vieja, pero igual es súper chora ella.

Está arrugada como pasa y tiene dientes falsos, huele a talco y camina lento. Además, hay que enseñarle cómo usar el celular y el control remoto, porque no sabe usar nada que tenga baterías.

Pero también me cuenta chistes (viejos) y a veces me regala unos billetes bien arrugados, como ella. Y me los pasa escondidos, para que mi mamá no se de cuenta.

Lo otro bueno de ella es que no nos obliga a quedarnos en la mesa después del almuerzo, porque entonces los adultos hablan puras cosas fomes, y ella se da cuenta.

Pero un día sábado me dijo algo extraño: “Beltrán, necesito que me acompañes”.

Yo pensé “¿a escoger tu ataúd?” (Broma, y cruel).

Y ella me dijo: “tengo que ir a la feria ¿vamos?”.

Y yo le dije que sí, porque mi abuela será vieja, pero nunca ha sido fome.

Entonces caminamos como tres cuadras que fueron eternas, porque ella se mueve a una velocidad de cámara lenta.

Y llegamos a una feria llena de gente gritando y vendiendo frutas y verduras.

“Hoy voy a hacer una cazuela” me dijo.

Y primero escogió unas papas. Pero no las más chicas, sino unas más gordas que el vendedor llamó “cazueleras”. O sea, para cazuela, doh.

Después pidió un trozo de zapallo, que tuvieron que cortar con un serrucho chico, porque era durísimo y muy naranjo.

Con sus manos arrugadas tomó un ramo de hojas verdes –“ah, cilantro”, dijo- y también puso unos porotos verdes en la pesa, hasta juntar un kilo.

En otro puesto compró un paquete de zanahorias, dos choclos, dos cebollas, una cabeza de ajo y un pimentón rojo.

Yo ya me estaba aburriendo, así que me pasó una naranja para que me la comiera (y me quedara callado, muy astuta ella).

Volvimos a la casa y yo me iba a poner a jugar con el celular, pero ella me pidió que la acompañara a la cocina.

“Vamos a cocinar”.

Oh, qué lata. Pero no se lo podía decir, tampoco. Entonces, me senté en una silla y puse cara de interesado.

-Primero hay que agarrar una olla grande y ponerla al fuego. Hay que echarle un chorro de aceite, que tiene que estar caliente para saltear las verduras.

Entonces mi abuela como que se transformó. Agarró una cuchara de palo súper vieja y fue revolviendo la olla, como si fuera una bruja de las películas Disney. Y metió los ingredientes, y le echó condimentos, y agarró los pedazos de pollo al mismo tiempo que una tetera llena de agua caliente, para sumarlos a su receta.

Ella estaba como alguien poseído por un espíritu. Y yo la miraba con la boca abierta. Me di cuenta un rato después, cuando empecé a oler algo muy rico.

Aunque los minutos pasaban, no me aburría, porque a cada rato algo nuevo entraba a mi cerebro, mientras mi abuela parecía bailar por toda la cocina.

Finalmente, ella apagó el fuego, me miró fijamente y me tomó del brazo. Me levantó sin esfuerzo y me llevó al comedor, donde me depositó en una silla. Luego desapareció, para luego entrar con un plato hondo lleno de su sopa con verduras y pollo, todo esto cubierto de algo que reconocí de inmediato por haberlo olido en la feria: cilantro, picado.

Tomé la cuchara y miré a mi abuela antes de hundirla en la cazuela.

Soplé el caldo antes de metérmelo en la boca.

 Jamás imaginé que todas esas cosas reunidas iban a tener un sabor así de rico.

-¿Abuela?

-Sí, nieto.

-¿Esta es una receta antigua, no? Porque nunca había probado algo así en toda mi vida.

-No sé. La saqué de Internet.

FIN.