Pobre vieja fea – Cuentos de cuarentena – 20 de mayo 2020

Al ver un atardecer en la playa, un arcoíris después de la lluvia o una grandiosa luna llena, es difícil no preguntarse por qué existe tanta belleza.

Pero hay que tener algo en claro también, y es que para apreciar la luz debe existir su contrario, la oscuridad.

Como la que habita en el pasaje Los Piñones, número 106.

En esa pequeña casa las cortinas están permanentemente corridas y su moradora sale poco y nada.

Pero cuando pone un pie afuera, todo el barrio se da cuenta de inmediato. Basta que suene el cerrojo de su puerta y…

Los niños dejan de jugar y vuelven a sus casas a hacer las tareas.

El mendigo del parque se hace el dormido, tapándose la cara.

Los dos punks de la esquina se van corriendo a la iglesia, a rezar.

Desaparecen los taxis.

Los pájaros dejan de cantar.

Si hasta parece que se pusiera más nublado el cielo.

Entonces se escuchan los pasos de doña Dolores, la mujer más fea que puedan imaginar.

Si hicieran una máscara de Halloween con su cara, tendrían que prohibir su uso por el riesgo de causar ataques cardíacos.

Y si verla de día es espantoso, verla de noche podría ser hasta mortal.

Por eso el pasaje Los Piñones parece un paisaje post estallido de una bomba de neutrones cada vez que ella sale de su casa. Y lo usual es que lo haga para comprar algo en la esquina, en la tienda de don Genaro.

Por suerte el almacenero no ve sin sus lentes, por lo que se los saca apenas se da cuenta de la cercanía de doña Dolores.

Ella saluda muy gentil, porque es fea pero no pesada. Escoge lo que necesita y paga con lo exacto, para que don Genaro no tenga que ponerse los lentes para darle vuelto. Se despide y vuelve caminando lentamente a su casa, en medio del silencio más absoluto.

Cuando cierra su puerta, el mundo que existe fuera de su casa vuelve a respirar.

Hasta la próxima salida de doña Dolores, la vieja fea de Los Piñones.

Al entrar a su casa, lo primero que resalta es un gran espejo. Doña Dolores se ve en él y entiende, nuevamente, lo que produce ella a su paso.

Al entrar, ustedes se preguntarán, tal vez, qué hará esta señora con un montón de computadores, en vez de tener un plasma gigante para ver teleseries.

Y, a la pasada, si vieran el muro lleno de fotos, los estantes con trofeos y una gran biblioteca, nuevamente les nacería más de una duda, porque algo no parece calzar.

Es que la respuesta a todo esto no es una sola.

Doña Dolores se hizo un té muy azucarado, porque le gustaba lo dulce. Era que no.

Se sentó en su magnífica silla y prendió los computadores. Los descansos de pantalla eran un gatito tierno durmiendo siesta, un hamster con falda bailando ballet y un perro salchicha dentro de un pan gigante, como si fuera un hot dog.

Se le salió una risa, como siempre.

La vida podía ser muy chistosa, pero una de las pantallas le recordó que no siempre lo era.

Lo que se veía en una de las pantallas principales del escritorio de Dolores era un sitio de Internet llamado portadashumanas.com

¿De qué iba este lugar? De personas que, como los libros, eran juzgadas por su aspecto.

Y Dolores, con sus años de experiencia, era quien manejaba este punto de encuentro. Desde personas con el rostro marcado por quemaduras hasta alguna adolescente que se sentía fea por un poco de acné eran las visitas que recibía.

Todos y todas tenían derecho a recibir algún consejo, porque sentirse feo es relativo a veces. O inevitable, también.

Esa era la principal ocupación de uno de los computadores.

El que estaba a su lado izquierdo era absolutamente nada qué ver con ese.

Allí se desarrollaba una partida interminable de Warpain, el juego online más popular en la red.

Dolores era una experta en Warpain. Más que eso: era regularmente la campeona mundial, aunque a veces un niño coreano o un ñoño australiano le quitaban el primer lugar. Pero ella contraatacaba con furia cuando esto ocurría. Y su alias, Uglyface, era respetado y temido en Internet.

Ese mundo sin rostros de la red era un mundo más fácil para vivir.

De todos estos años conectada eran dos de sus mejores amigos: Virulento y Rompebolas. Obviamente que eran tan hackers como ella, aunque Dolores evitaba utilizar sus conocimientos en ataques a sitios o en plantar virus. Sus compadres no. Les gustaba combatir al orden establecido y todas esas cosas de hackers. Aunque, hay que decirlo, tenían un verdadero corazón de abuelita.

Si hasta le robaban a los grandes grupos económicos para depositar esa plata en fundaciones que ayudaban a ciegos o a niños con cáncer.

Gente extraña ¿no? Como su mejor amiga.

Dolores jugó un par de horas para mantener su primer lugar. Fue una masacre virtual.

Y volviendo a la actual casa de la pobre vieja fea, se pueden describir algunos de los trofeos de la entrada, que son por su labor caritativa en Internet. Y los otros, por otras de sus caras.

Porque cuando doña Dolores sale a comprar, como ya lo saben, todo el mundo se esconde. Y, entre la gente que se escapa, hay un par de punks.

Uno de ellos tiene una polera de Warpain, porque es su juego favorito. Y el otro tiene una polera de Zombiface, un grupo virtual de música metalera industrial que nunca ha mostrado la cara.

Y la razón es muy simple: ni Virulento ni Rompebolas quieren intromisiones en su vida privada.

Tampoco la pobre vieja fea, y chora, que vive en Los Piñones 106.

FIN